Maestros que

transforman

Con el fin de conocer y reconocer la labor que realizan maestras y maestros, Fernández editores lanzó la convocatoria “Maestros que transforman vidas”.

Profesionales de la educación y maestros de distintos niveles educativos nos compartieron sus historias sobre qué los llevó a elegir y a ejercer la docencia; lo que aman de su profesión, así como aspectos entrañables sobre los mentores que les dejaron huella o transformaron sus vidas.

Se recibieron textos provenientes de distintas ciudades y comunidades de la República mexicana, de maestros con poco tiempo en el servicio docente y otros con más de 30 años de experiencia. Todos ellos con una característica común: su pasión por educar.

A continuación presentamos las historias ganadoras y finalistas.








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25 años después…

Cuando era pequeño, mi abuela Beatriz nos llevaba a su pueblo natal Villa de Tezontepec, Hidalgo, los fines de semana y las vacaciones. No había nada: ni cine, ni biblioteca, ni juegos, ni siquiera río; el lugar es un desierto y el agua es muy escasa. Por eso, yo me llevaba mis libros; tenía unos libros de Editorial Novaro que se llaman Cómo funciona en... y con personajes de Walt Disney ilustraban cómo funcionan los diferentes aparatos en el hogar, la industria, el campo y la ciudad. Los compartía con mis primos y así me entretenía.

Dejé de ver a Juan, hijo de mi tía Chenta, pues pasaron muchos años y crecimos. Un día de visita con mi tía volví a ver a Juan, teníamos 25 años de no vernos. Me saludó con una enorme sonrisa, la misma sonrisa de nuestra niñez. "Lalo, ¿verdad?" -me dijo- " me hice ingeniero por los libros que tú traías".

En ese momento aparecieron las lágrimas en mis ojos. Yo ni me acordaba de haber llevado mis libros, ni de que mis primos los hubieran visto o leído. Pero, ¡él los tuvo en la memoria por más de 20 años y le dieron la inspiración para hacer una carrera! Ésta es una de mis historias, de cuando aún era demasiado pequeño y lo que hacía le enseñó algo a alguien más, sin que yo lo hubiera planeado.

Es la hora en que me acuerdo y me sigue conmoviendo muchísimo esta anécdota.

Eduardo Álvarez Cordero

Maestro de Chino mandarín

13 años de servicio

Ciudad de México

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Pamela Trinidad Barreda García

Zamora, Michoacán

Yo como maestra

Lo que me motiva a ser maestra es saber que en cada uno de mis alumnos estoy sembrando una semilla, que además de dar información para su desarrollo escolar se siembran valores que en ésta y todas las épocas son indispensables. Me motiva saber que mi forma de dar clases, propicia que mis alumnos asistan a la escuela.

De mi trabajo amo poder ampliar conciencias y aportar conocimientos, adaptándolos a mis alumnos y su crecimiento. Amo saber que se llevan algo bueno de mí para compartir.

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¿Qué maestro cambió mi vida?

¡Mi padre! -respondo a esta pregunta-, sin titubear al respecto. Un hombre que a sus cuatro años de existencia sufrió las secuelas de la poliomielitis; enfermedad que cambió su vida y la de quienes lo rodeaban. Con problemas para poder caminar, debido a una distrofia muscular severa, mi padre recorría a pie largos tramos de camino para llegar hasta su escuela, quería ser alguien en la vida y no iba a permitir que una discapacidad ni las carencias económicas lo detuvieran. -Me detenía a descansar en una sombra siempre que podía-, contaba.

Siempre buscó un trabajo para poder ayudar a su familia; no obstante, las personas veían en mi padre y en su discapacidad una barrera para poder laborar, cegados por la ignorancia y la falta de humanidad le negaban el trabajo. Encontró poco tiempo después un empleo, aunque nunca perdió el anhelo de llegar a ser maestro, el mejor de todos.

Encontró también a una mujer hermosa que se convirtió en su compañera de vida y formó una familia. Mujer valiente y con una capacidad inmensa de amar, fue ella quien lo motivó para estudiar docencia. Trabajó de día, estudió de noche; fueron años difíciles para todos, pero mi padre me enseñó que cualquier sacrificio tiene su recompensa: ¡Se convirtió en maestro!

Era nuestro orgullo saber que en las manos de mi padre estaban las inquietudes de cientos de jóvenes con aspiraciones de ser alguien en la vida. Y que mejor ejemplo de vida que él. Después de varios años, siendo maestro, puedo decir que mi padre no sólo ha impartido clases, sino que también ha inspirado a muchos jóvenes para alcanzar sus sueños. Sin duda alguna, me considero su alumna. Fue el primer maestro que la vida me otorgó, me enseñó a vivir, a no dejarme vencer por nada, a no detenerme por lo que la gente pueda decir o hacer, y que está en mí y sólo en mí el dejarme caer o seguir adelante.

Y, en los momentos en que la vida me dejó en el suelo tendida por un dolor o un fracaso, la mano de mi padre estuvo siempre conmigo para enseñarme que la vida es difícil, pero que es el regalo más preciado que se nos ha concedido. -Si yo pude, ¿por qué usted no?-, palabras expresas de mi padre ante mis llantos o mis quebrantos. Era entonces cuando mi cuerpo y mi mente sacaban siempre fuerzas para continuar, para seguir, para luchar. Por eso de manera inmediata puedo aseverar, que mi padre, ha sido el maestro que cambió mi vida, el que me enseñó a caminar, a hablar, a ser fuerte, a ser mejor persona cada día. El mejor maestro que muchos jóvenes han tenido el orgullo de decir -me enseñó en la escuela y me enseñó sobre la vida-, y yo como su alumna privilegiada puedo decir, con la frente muy en alto y el corazón lleno de amor, ES MI PADRE.

Brenda Anaí Cano Rubio

Maestra de Química

2 años de servicio

Meoqui, Chihuahua

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José Trinidad Chávez Hernández

Maestro de Ciencias

20 años de servicio

Ciudad de México

¿Qué maestro(a) cambio mi vida?

Es el año de 1981, yo soy un alumno de nuevo ingreso a la Secundaria diurna núm. 160. Ahí tuve el gran honor de conocer a la maestra Lupita de Biología, quien vino a cambiar mi vida.

Al principio, le tenía un gran temor por su exagerada pulcritud y disciplina, sus zapatos brillantes y radiantes como el Sol, su ropa bien limpia y súper planchada; sin ninguna arruga… ¡No se lo podía permitir! Con sólo su presencia imponía más que respeto. Al ir conociéndola, me di cuenta de que era metódica, meticulosa pero sobre todo muy exigente:

  • Limpieza personal del alumno: zapatos bien lustrados, uniforme completo, limpio y bien planchado. Revisión constante del corte de cabello y de nuestra cabeza por lo de la pediculosis; utilizaba dos lápices para revisarnos y por ningún motivo nos tocaba, siempre con mucho respeto. Pedía a las alumnas que salieran del salón, porque nosotros teníamos que mostrarle el resorte de nuestro calzón para que revisará que estuviera limpio, reitero, sin morbo. A tal grado llegaba su pulcritud.
  • Cuaderno: bien forrado, en orden, limpio, completo; pero sobre todo con buena letra y sin faltas de ortografía, ilustrado; difícil porque el cuaderno era blanco; no tenía rayas ni cuadros esto lo hacía aún más complicado, pero aceptábamos el reto.
  • Clases excepcionales: una manera de explicar incomparable, todo conocimiento parecía muy fácil; pero sobre todo la diversificación de estrategias que utilizaba con la finalidad de que no quedará ninguna duda.
  • Prácticas de laboratorio: no podían faltar cada semana, siempre bien planeadas, acordes al tema y sobre todo interesantes. Por cierto, requisito indispensable “bata blanca” limpia y bien planchada… No cabe duda, se nos hizo un hábito.
  • Exámenes: consistían en una sola pregunta, sacando un papelito al azar, teníamos que demostrar el conocimiento que habíamos adquirido. No había oportunidad de copiar… ¡Aprendías o aprendías!

¿Qué enseñanzas me dejó?

Considero firmemente que gracias a la maestra Lupita de Biología, soy lo que soy: un profesor de Ciencias con vocación, que transmite el legado de enseñanzas que mi querida maestra Lupita me enseñó:

  • Responsabilidad, disciplina y orden en todo lo que hago
  • Hábitos de limpieza personal y de trabajo
  • Conocimientos bien fundamentados en el área de la biología
  • Gusto por las ciencias y por la profesión más importante de un país, ¡ser maestro!
  • Deseos de superación y de saber que todo se puede, siempre y cuando haya dedicación y esfuerzo

Gracias a las enseñanzas de la maestra Lupita, logré ser profesor de Ciencias Naturales en el nivel secundaria. En una de las tantas juntas de academia a las que acudí, tuve el gran honor de encontrarme nuevamente con ella, pero ahora como mi colega y fue una gran satisfacción el poder agradecerle todas sus enseñanzas que muchos años atrás me inculcó.

Por siempre y para siempre ¡Gracias maestra Lupita!

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Yo como maestro

Comprendí que puedo modelar el alma de mis alumnos, que al igual que yo son seres humanos y buscan a través de la educación, encontrar un fin en sus vidas.

En los escasos siete años de trabajo, he vislumbrado que la trascendencia de mis propias motivaciones personales y profesionales, transmuta en la capacidad de enseñar; aprender es reconfigurar todas las partículas de la materia que conforman nuestra existencia, es dar sentido con el soplo del ejemplo para conformar seres que resulten creativos, críticos y reflexivos.

Educar es abrir la brecha del cambio y la innovación, redefinir los lineamientos para adentrarse en el maravilloso mundo del conocimiento.

He visto a través de los ojos de mis pupilos los defectos que han sido oportunidades para la mejora, pero también han quedado al descubierto las virtudes que me sostienen para emprender mi labor de la mejor manera, siempre con la firme convicción de dejar un pedacito de mí en todos aquellos que tienen la necesidad de aprender.

Hoy, soy consciente que desde el momento en que llegué a este mundo estaba marcado en mí el destino de la docencia; cada paso que di a lo largo de mi formación, me acercaba a lo que es mi vocación, ese amor, por hacer de la educación un arte, donde puedo desplegar el abanico de mis habilidades y poner en práctica mis competencias, ir contra el mundo a favor de mis ideales y esa pasión que hace mi sangre hervir, teniendo la convicción de que para poder enseñar hay que tener humildad y capacidad para servir.

El conocimiento me dio la libertad de abrir mis alas a nuevos horizontes y con ello sacar lo mejor de mí; vivir para aprender es lo que hoy en día vela por la instrucción de nuestros semejantes, es encender en cada persona la luz interna para prevalecer en las dificultades de la vida, es mirar al cielo y comprender que todos somos estrellas de una misma constelación.

Noé Israel Cisneros González

Maestro de Formación cívica y ética

7 años de servicio

Tototlán, Jalisco

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Elisa Eugenia Corrales Vargas

Hermosillo, Sonora

¿Qué me motiva a ser maestra?

Ser maestra es de las profesiones más hermosas que existen, tiene la mayor motivación que es el compromiso contigo misma, con las pasadas y nuevas generaciones. Porque eres tú quien junto con la familia puedes ser el mejor agente de cambio.

Ser maestra es un trabajo que no da trabajo, siempre da vida, aprendizaje, cansancio o dolor a veces, pero la mayor parte del tiempo otorga un sin número de cosas que dan alegría, desde la sorpresa que te da aquel que aprende una letra nueva y cuando menos piensas ya te da un discurso, el despistado que es brillante en geografía, el que mete una canasta por primera vez en el juego de básquet, el que olvidó el párrafo que iba a decir en un foro, el que llora en tu hombro por una pérdida, el raspón que curas en el recreo, la flauta que desentona, el que se ríe de las matemáticas porque es brillante, el que no pudo enviar la tarea a tiempo, el joven que regresa después de algunos años y te abraza mientras te cuenta que se va con beca de excelencia a otra ciudad.

Ser maestro es estar a la vanguardia, siempre tienes que estar pensando en lo que se requerirá a largo plazo, no sólo de lo académico, de la vida, de las decisiones que se deben forjar para hacer cosas a favor de esa vida, la prevención del riesgo.

Eres una persona que sabe la responsabilidad que implica serlo, el modelo que quieres dar, los hábitos que a través de tu preparación sabes que a esta generación le pueden ayudar tanto a crear como a innovar, liderar, construir, emprender, pero sobre todo ayudarlos a creer en sí mismos y nosotros en ellos, para ser personas armónicas.

Ser maestro es cuidarte, es arreglarte, es oler rico, es tener buen humor y nunca dejar de prepararte y de sorprenderte.

Felicidades a todos los que les gusta ser maestros.

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El maestro que marcó mi vida

El maestro Víctor Manuel Toledo Ramírez me impartió la asignatura de Metodología de la investigación científica y me dejó una enseñanza de vida que me marcó: me adoptó como su hija. Me enseñó la importancia de que como maestros podemos no sólo preocuparnos de los aprendizajes académicos de los alumnos, sino también de su historia de vida, ya que ésta a veces es desafortunada, y una pequeña intervención y nuestro afecto puede hacer un cambio, pues somos una figura importante tanto en su formación académica como en la emocional.

El doctor Toledo era un hombre noble, firme en sus ideas, una persona preparada, amaba a los delfines y solía cantarnos a mi hija y a mí con su guitarra, me acompañó en los momentos importantes de mi vida y a un año de su partida lo recuerdo con mucho amor.

Gretel Espejo Martínez

Maestra de Educación especial

11 años de servicio

Tepic, Nayarit

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María Jesús Guerrero Torres

Maestra de Español

5 años de servicio

Morelia, Michoacán

Ellos son el futuro, nosotros su presente

“La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”.

Nelson Mandela

Como bien lo manifiesta Nelson Mandela en esta conocida frase: “Educar, para cambiar el mundo”; más que educar para cambiar o transformar universos trabajamos para cambiar mentes, corazones y pensamientos.

La labor docente más allá de ser una forma de transmisión de conocimientos, es un construir mundos nuevos por medio de la invención de ideas propias en cada uno de los alumnos.

Todos, en algún momento de nuestras vidas, escuchamos hablar sobre el futuro: que debemos prepararnos para ser mejores, para defender nuestros ideales y ciertamente eso buscamos durante mucho tiempo.

Decidí ser maestra porque a lo largo de los años comprendí que la única posibilidad que tenemos para cambiar nuestro entorno es apoyar a los jóvenes para que en algún momento de su vida puedan forjar un pensamiento crítico y analítico.

Me motiva el hecho de saber que todos los días me enfrento a mundos diferentes, que la materia prima que me permite realizar mi trabajo es una materia pensante; pero más allá de enfrentar estos retos día a día me mueve el hecho de poder tocar corazones; el saber que todos los días regalas una parte de tu corazón para que esas personas con las que convives sean más humanas, empáticas y solidarias; por otro lado, los conocimientos teóricos podrán utilizarlos como armas para defenderse y enfrentar a esta sociedad competitiva en la que vivimos actualmente.

Amo ser maestra porque tengo la firme convicción de que lograré marcar más de una vida con alguna de mis enseñanzas, que más de uno de mis alumnos podrá tomar uno de tantos consejos que de vez en cuando se escuchan por los pasillos o en grupo tratando de formar mejores personas; sé que más de alguno recordará, como yo, los regaños que de repente surgen por las ideas de “vivir el momento, porque somos chavos”.

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¿Por qué soy maestra?

Porque siempre lo quise ser, aun antes de saber cómo se llamaba esta profesión. Me recuerdo en tercero de primaria levantándome sobre la punta de los pies, para asomarme por la ventana de mi salón de clases hacia el patio; me gustaba lo que hacían allá afuera. Vi a una señora vestida toda de blanco y pensé: “¡Seguro que es maestra!, pero ¿de qué?”. Poco después supe que era la maestra de Educación Física, y yo ya quería ser como ella; se volvió mi objetivo principal de vida.

Mientras estaba en la carrera de Educación Física, un día sucedió lo que a continuación les relato.

El Prof. Archundia, director de la Escuela Normal de Educación Física en el estado de Puebla, durante una de nuestras clases nos hizo la siguiente pregunta: “Jóvenes, ¿a qué creen que han venido a este mundo?”. Todos nos miramos extrañados ante tal pregunta y mis compañeros empezaron a responder que a disfrutar, a vivir, a cuidar el planeta, a amar, y ante su desesperación reflejada en sus manos crispadas y sus ojos agrandados por no escuchar la respuesta que quería saliera de nuestros labios, tímidamente y sin saber por qué, yo respondí: “¿A servir?”. Mi entonación se escuchó como si fuera una pregunta, en lugar de una respuesta. Él, descansado, nos miró y nos dijo: “¡Eso! A este mundo vinimos a servir. Desde el hombre más poderoso hasta el barrendero, todos, absolutamente todos, tenemos una función: la de servir a los demás. Y está en nosotros el saber escoger en qué hacerlo, de esa manera habremos encontrado nuestra felicidad y por lógica, el verdadero éxito en la vida; que no será otro que el de la inmensa satisfacción de poder levantarnos cada mañana y dirigirnos al lugar donde queremos estar, al lugar donde podemos servir a los demás”.

De pronto recordé por qué sabía la respuesta, porque mi padre siempre nos decía lo mismo aunque con otras palabras: “Sean lo que sean, siempre sirvan de la mejor manera y traten de ser los mejores”. Sin lugar a dudas, los consejos tanto de mi padre como de mis maestros, siempre me han acompañado.

Y si hoy se los comparto es para comprobar lo importante que somos, pues cada palabra, cada ademán y cada entonación de voz, se podrá quedar grabado para toda la vida a nuestros alumnos. Hagamos que estas palabras, consejos, llamadas de atención y aprendizajes, siempre sean de una forma amable y si esto no es posible por la gravedad de su falta, entonces que sea firme pero justa, sin dejar de lado el aspecto humano que nos permite acercarnos a ellos para poder ayudarlos en esta etapa de su vida.

Dentro de mi labor docente, recientemente me preguntaron qué me movía para seguir ejerciendo con entusiasmo, y sólo encontré una respuesta: “El amor a mi labor, el amor a esta actividad que escogí para servir”.

María Rosalía Gutiérrez Barranco

Maestra de Educación física

36 años de servicio

Ciudad de México

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María Angélica Gutiérrez Luna

Maestra de secundaria

24 años de servicio

Soy simplemente su maestra

Soy el producto de un grupo de maestros que en cada etapa de mi vida supieron guiar mis pasos; soy parte de un hombre y una mujer que supieron educarme en valores para formar una mujer completa en derechos y responsabilidades.

Soy la afortunada mujer que ha podido ver sus sueños de niña hechos realidad, al llegar cada día a su aula de trabajo a mostrarles a sus alumnos el mundo desde sus ojos.

Soy la que les enseña a sus alumnos a usar la ventana de los libros, para conocer nuevos lugares, personajes e historias, que les permitan crecer en sabiduría y en conocimientos.

Soy la que les muestra que las reglas, son un conjunto de letras en un texto si no se tiene la suficiente capacidad de comprender que los seres humanos debemos seguirlas para llegar a ser ciudadanos del mundo.

Soy la que con el corazón en la mano despide a sus niños cuando se alejan a otros lugares, a otros niveles educativos.

Soy la que en un día infortunado, seca las lágrimas a sus alumnos cuando éstos pierden a un ser amado y aun peor, soy quien con el dolor clavado en el pecho, se despide poniendo una flor en la lápida de su amado niño o niña.

Soy la que conoce a sus alumnos por nombre, la que no los ve como un número, la que sabe que una cifra en un papel, no representa su esfuerzo, ni sus habilidades y competencias, sino el esfuerzo que hace cada día, para lograr los propósitos que marca en el pizarrón, pero más allá en su corazón.

Soy la que se aleja de sus seres amados para tomar cursos, talleres para actualizarse, todo para lograr ver la admiración en los ojos de sus hijos, de sus alumnos y sus pares.

Soy la que tiene la bendición de tomar entre sus brazos a los hijos de aquellos hombres y mujeres que un día estuvieron en su aula y que ahora convertidos en padres le llevan a presentar a “su maestra”, deseando que algún día puedan compartir historias de haber sido sus alumnos.

Soy un afortunado ser humano que con cada año que pasa ha logrado ser feliz, haciendo lo que más ama, al lado de seres maravillosos padres, madres, niños, jóvenes, familia.

Soy simplemente… Su maestra.

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¿Qué maestro cambió mi vida?

Sandra Ruth Ramos Pila. Me impartía la asignatura de Matemáticas en segundo grado, en la Secundaria 204 ubicada en calle Campesinos s/n en Villas 7, en la ciudad de Ensenada, B. C.

Siempre existió un lazo de comunicación con ella, el cual hizo más fácil sostener una conversación de confianza. Actualmente soy un artista urbano dedicado al género rap (entre otros sub géneros). Pero antes de que lo fuera, acostumbraba a rapear en los salones de clases y eso provocaba que me distrajera de la clase y que en varias ocasiones no trabajara. Una vez, la maestra me escuchó y me propuso escribir una canción acerca de ciertos temas de la materia y compartirla en los grupos donde ella impartía sus clases, porque se dio cuenta de que por medio de esta actividad ella lograría que yo participara y aprendiera. Me pareció perfecto porque es una manera distinta de aprender, y rapear era lo que me gustaba.

Después de escribir y cantar en público esa canción, me gustó bastante esa sensación y descubrí que esto en realidad era lo que me gustaba. Las consecuencias de lo sucedido después fueron gratas. ¿Cuáles fueron las enseñanzas? Yo tomo como enseñanza la forma en que la maestra contempló mi talento y me ayudó a llevarlo más allá de donde a mí más se me dificultaba, cantar mientras aprendo. Actualmente me dedico a la música, cuento con un álbum discográfico en formato físico: Campeón de Freestyle tournament, soy subcampeon en #P aniversario, semifinalista en K.O liga de batallas y he participado en la Liga dios barras (Liga internacional).

Si mi profesora Sandra Ramos no me hubiese pedido que escribiera esa canción de matemáticas, a lo mejor aún tuviera nervios de cantar en público o quizá ni siquiera hubiese escrito las otras canciones y no sería lo que soy ahora. Esa canción, me ayudó a impulsar el sueño que ahora estoy viviendo, además de ser la primer pieza en mi canal de YouTube. Agradezco a mi maestra por sus palabras de motivación hacia mí.

Henry Guzmán

Artista del rap

Baja California

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Geraldine Hinojosa Mauricio

Maestra de educación especial

2 años de servicio

Ciudad de México

Alfredo Navarro, el maestro que marcó mi vida

¿Cómo se puede describir a Alfredo Navarro? Un profesor podía no caer bien a la primera, era serio. Pero para ser sinceros, él hacía algo que la mayoría de los profesores no hacen hoy en día: hacerte pensar y reflexionar; siempre en clase me decía que pensará más allá, me sacaba de mis casillas porque siempre me confrontaba y nunca me dejaba tener la razón. Con el tiempo le agradecí haber hecho eso en mi vida.

Sus enseñanzas no sólo fueron teóricas, (aunque ésas las agradecí en mi examen de egreso), él me enseñó a vivir el aquí y el ahora; él decía que no todos disfrutamos el presente sino que, estando en un lugar, pensábamos en lo que haremos más adelante o en los pendientes a realizar. Él decía que debemos comenzar a disfrutar la vida, a las personas que tenemos en nuestro presente, porque habrá momentos en los que ya no los tengamos con nosotros, y hay que agradecer a Dios por lo que tenemos aquí y ahora.

Aun cuando egresé y comencé a trabajar en la universidad, él me siguió enseñando un sinnúmero de experiencias que me ayudaron a ser mejor docente, hoy Alfredo Navarro dejó huella en la universidad con sus enseñanzas, aún siento que lo veo en la sala de docentes o en la cafetería con sus lentes a media nariz.

Mi profesor falleció en la madrugada del 24 de diciembre del 2016. Yo le agradezco infinitamente todas sus enseñanzas de vida y todo el tiempo que se tomó para escucharme y darme un consejo.

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¿Quién marcó con orgullo mi vida?

Mi vida ha estado envuelta en un ambiente de docencia, influenciada por una de las personas más importantes y que marcó por completo mi presente: mi padre José Alfredo Jiménez García, así como lo lee, homónimo del cantautor pero sin la melodiosa voz, sin embargo, con un don para impartir las clases de Español en secundaria.

Aún recuerdo verme reflejado en él, durante el primer día de mi estancia en la escuela, sentado en mi pupitre observando cómo con esa paciencia que lo caracteriza, me pedía pasar al pizarrón para presentarme, siendo para él un desconocido por el protocolo dentro del aula. Era lo máximo para mi persona que el alumnado se acercara a mí y decirme "tu papá es la onda", "es el más chido de todos", etcétera.

Ver la pasión que transmite en cada clase fue un despegue en mí, donde los sueños de ser chef o arquitecto pasaron a segundo término para acercarme en lo que ahora me veo de lleno: maestro de educación primaria.

Sé que a mis cortos cuatro años de servicio no tendré la paciencia que él tiene, mucho menos el conocimiento y la capacidad de enseñanza que fue dominando ciclo tras ciclo, pero de algo estoy completamente seguro: el ejemplo que puso en mí como persona y como maestro, no será para cambiar el mundo de todos, pero sí para mejorar el de cada alumno que pase por mi aula o por mi vida.

Ya lo dijo mi señor padre: "Mi tocayo dice que la vida no vale nada y valdrá aún menos siendo mediocre, así que vive, sueña y lucha”.

Juan Manuel Jiménez López

Maestro de primaria

Villanueva, Zacatecas

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Arminda Kasiyas Hernández

Cuitzeo, Jalisco

Ser maestra, mi verdadera vocación

La imagen que siempre he tenido de mi padre como un abogado humano y honesto, fijó en mí la idea de estudiar la misma profesión. Pensando que todas las personas eran iguales, durante mis estudios de bachillerato me empleé en una oficina de abogados del derecho civil y penal, pero las actividades que ahí se realizaban no me convencieron por completo, por lo que me sentí desilusionada.

Al término del bachillerato mis dudas e inquietudes se hicieron más intensas con relación a mi verdadera vocación; me inscribí en la Facultad de Turismo y sólo asistí dos meses, no me sentí identificada con ninguna materia y deserté. En el siguiente semestre me inscribí en economía, pero me sucedió lo mismo y esperé el inicio del siguiente ciclo escolar.

Por necesidad seguí trabajando en la oficina de abogados y sólo me quedaba una opción: La Escuela Normal Superior de Jalisco, cuyo horario era de 7:00 a. m. a 11:00 p. m.

Indecisa todavía, en septiembre me presenté en dicha escuela, quedando inscrita en la licenciatura de pedagogía. Muy amable la directora me indicó el lugar donde debía presentarme.

Llegué asustada al sitio indicado, toque a la puerta con miedo, una voz me indicó que pasara, entré tímidamente y saludé, era un salón grande lleno de alumnos, casi todos mayores que yo, me sentí rara; alguien me indicó un lugar para sentarme, me senté y quedé en silencio observando al profesor que en ese momento daba la clase y quien amablemente me dijo: “Sea usted bienvenida maestra”. Me dijo “maestra”, yo sentí que él se había equivocado o que yo estaba en otro mundo: ¿En mi mundo? Quizás en el mundo que yo estaba buscando.

El profesor llamado Tenorio Barroso estaba organizando equipos de trabajo de cuatro alumnos; dos maestras y un maestro voltearon conmigo y dijeron: “Quédate en nuestro equipo, al terminar la clase nos organizaremos para exponer mañana”.

Al día siguiente dieron inicio las presentaciones, pasaron mis compañeros y enseguida me tocó a mí. Era la primera vez que yo exponía ante un grupo tan numeroso, en su mayoría profesionistas, me sentía muy nerviosa. El tema se relacionaba con el “grado de afinidad y rechazo en las relaciones humanas”. Empecé mi exposición y al terminar hubo un gran silencio, sentí que el color de mi cara era rojo, de pronto el profesor me dijo: “Compañera la felicito, usted sí tiene madera para ser maestra”. Y de inmediato se escuchó un aplauso.

Una profunda emoción me invadió, sentía que el corazón se me salía al comprobar que en ese momento había encontrado el “mundo” que yo buscaba, había descubierto mi vocación: SER MAESTRA. El profesor Tenorio Barroso, me dejó una lección de vida llena de ilusión y esperanza, maravillosa e inolvidable. Fue un ser honesto, respetuoso y humano, consciente y responsable, lo cual ha sido definitivo en mi vida docente. ¡Siempre lo recuerdo!

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Mis alumnos me educaron

No soy maestra, ese es un título que no lleno ni podría llenar en un millón de años. Fui asesora educativa en un círculo de estudios del Instituto Nacional para la Educación de los Adultos (inea) hace más de una década.

Mi acercamiento con la docencia comenzó cuando tenía que realizar mi servicio social en los últimos semestres de la licenciatura en Pedagogía. Tenía muchas opciones, pero elegí aquella que quedaba más cerca de casa y que no se empalmaba con mis horarios. Mi servicio consistía en “dar clases”, “enseñar” a jóvenes y adultos que no habían concluido su educación básica y cumplir con 480 horas de trabajo. Algo que en su momento me pareció sencillo y que podía hacer sin ningún problema, además estaba estudiando Pedagogía, ¿no era cierto?

Fue así como me acerqué a Víctor, el técnico docente, con oficio escolar en mano. Me recibió con gran entusiasmo y después de unas preguntas y una breve charla me dio algunas indicaciones. Él, ante la falta de asesores, se hacía cargo de los tres niveles educativos: alfabetización, primaria y secundaria, por lo que mi incorporación representó un “respiro” en su ardua labor.

Al día siguiente, a la hora en que culminan las clases del turno vespertino de una escuela primaria, ya estaba yo ahí, muy dispuesta a “dar clases”. Abrieron las puertas para el “horario nocturno”, saludé a Víctor, me presentó al grupo y les dijo que sería la “nueva maestra de secundaria” y, acto seguido, se fue al salón contiguo. Me encontraba frente a un grupo verdaderamente heterogéneo: mujeres y hombres, jóvenes, amas de casa, empleados, adultos mayores... Me quedé parada, sin saber qué hacer, con un paquete de libros en la mano, un borrador y un gis.

Fui enviada al ruedo sin capote. Entendí que enseñar, asesorar, era un proceso complejo. Que ser docente no se reduce a pararte frente a tus alumnos y empezar a dictar. Conforme pasaron los días, empecé a preparar material didáctico propio, además de los libros del inea. De mi bolsillo salieron fotocopias, libros y revistas que intercambiaban los estudiantes y facilitaron otros aprendizajes. Cada uno me demostró que querer es poder; estaba ávida por aprender de ellos y, recíprocamente, ellos estaban dispuestos a compartir también sus saberes.

Tiempo después, se incorporó otra chica, también pedagoga y muy dispuesta a trabajar. Empezamos a planear excursiones, visitas a museos, conferencias con invitados y convivios. Era un trabajo arduo, pero lleno de satisfacciones al ver a mujeres de más de cincuenta años que subían las pirámides de Teotihuacán; que por primera vez asistían al Museo de Antropología o a un parque de diversiones. Aún recuerdo a una estudiante que decía que quería aprender a leer para saber qué firmaba.

No soy maestra, soy aprendiz. La Pedagogía me ha dado herramientas, pero la capacidad de educar a otra persona sólo la tiene aquél cuya formación y vocación hacen de la docencia una forma de vida.

Claudia López Palacios

Asesora educativa del inea

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Melida del Rosario Morales Tapia

Maestra de Español

Diez años de servicio

Palenque, Chiapas

Lo que me motiva como maestra…

Lo que me impulsa es ser una buena guía para mis alumnos cada día. Actualizarme, fomentar su participación y autonomía. Me motiva su creatividad, sus reflexiones y el análisis que hacen en sus actividades; así como ver a los egresados desarrollarse profesionalmente.

Me alienta el trabajo en equipo con mis compañeros docentes, cuando buscamos implementar herramientas que ayuden a lograr los aprendizajes esperados.

Yo amo de mi trabajo la responsabilidad de educar a los jóvenes, de poder compartir mis conocimientos adquiridos para formarlos y responder a sus dudas. Amo la confianza que depositan en mí al confiarme sus problemas y darles consejos para superarlos sin que afecten sus estudios; amo motivarlos día con día para que sean mejores, para que su autoestima sea alta y den lo mejor de sí; así como también coordinarlos en la elaboración de sus proyectos.

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El maestro que me marcó

El inolvidable Rubén Ramírez Parlestein

Soy egresada de la Escuela Normal Superior del Sur de Tamaulipas, a la cual ingresé cuando tenía 17 años, nuestro grupo estaba compuesto por 32 estudiantes, dinámicos y con ansias de aprender lo más que pudiéramos, pues éramos y lo seguimos siendo, apasionados de la lectura, ahí tuve el privilegio de conocer a un excelente maestro que nos impartió clases de la especialidad de Literatura durante 4 años, la cátedra era impartida por el profesor Rubén Ramírez Parlestein, de 8 a 10 de la noche y a pesar de estar cansados (pues la mayoría trabajábamos para sostener nuestros estudios), esperábamos ver entrar a nuestro entrañable “Parles” como cariñosamente le llamábamos todos, alto, delgado, peinando hilos de plata e impecablemente vestido siempre de traje, muy limpio y sonriente. Cada que iniciaba una clase todos estábamos a la expectativa del tema a tratar, pues a pesar de que nosotros ya habíamos hecho la lectura correspondiente, él nos maravillaba contándonos las novelas, cuentos, leyendas o recitándonos poemas con su varonil y fuerte voz, y si sobraba tiempo cantándonos su melodía favorita acompañado de guitarra por nuestros compañeros y todas las mujeres haciendo coro, a veces las dos horas de clase se nos iban rapidísimo y hubo ocasiones en que el guardia de la escuela nos avisaba que ya todos habían salido y solamente faltábamos nosotros. Cuando alguno de nuestros compañeros no asistía a clase, él nos preguntaba si estaba enfermo o qué le había sucedido pues continuamente estaba atento a todos nosotros, siempre nos llamaba por nuestro nombre completo. Admiro su gran memoria pues sinceramente yo nunca puedo aprenderme el total de los apellidos y nombres de mis alumnos y me gustaría lograrlo, poder platicar con la mayoría y conocer sus problemas personales, para así poder ayudarlos oportunamente con un consejo, un “tú puedes lograrlo” o simplemente escucharlos para que sepan cuán importantes son para mí.

Haciendo remembranzas añoro las pequeñas reuniones en las cuales compartíamos con nuestro maestro, pues a veces era nuestro invitado especial. Quiero llegar a ser como él, con sus clases amenas, divertidas y mantener a mis alumnos interesados e inmersos en mis narraciones para llevarlos al maravilloso mundo de la imaginación de nuestros grandes y excelsos escritores mexicanos, ser recordada como ahora nosotros nos acordamos de él, pues un maestro debe perdurar en la memoria de sus estudiantes. No tengo voz para cantar, pero me encanta cuando mantengo atentos a mis alumnos al relatar las historias, y si no alcanza el tiempo y timbran, la mayoría me pide quedarme y terminar de explicar, y cuando finalizo la exposición me piden a coro una más, tal como nosotros se lo pedíamos a “Parles”.

Creo que ser maestro implica al menos ir dejando una pequeña huella en los corazones de nuestros alumnos, ya que si lo logramos podremos decir que cumplimos o al menos tratamos de cumplir con parte de nuestro labor docente, pues no es nada más enseñar una asignatura sino forjar almas y corazones fuertes y decididos, con temple, para afrontar con valentía los problemas y siempre luchar para alcanzar sus sueños.

Nereida Padilla González

Maestra de Español, Secundaria

30 años de servicio

Ciudad Madero, Tamaulipas

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Claudia Amanda Peña García

Estudiante de maestría
en Pedagogía

Estado de México

El maestro que me marcó

Durante mi trayectoria escolar he tenido la posibilidad de tomar clases con maestros formados en diferentes profesiones e instituciones educativas, por lo que no es posible referir a un sólo maestro que haya marcado mi trayectoria escolar-académica, puesto que cada uno de ellos ha dejado en mí un aprendizaje importante. Por tal motivo he decidido escribir sobre uno de los maestros que en cada nivel educativo ha sido significativo en mi camino formativo.

Cuando cursé la primaria, mi profesora de sexto grado, la maestra Beatriz, una mujer joven muy dedicada en su labor, de quien me agradaban sus clases y la forma en que nos relataba la historia, fue una influencia importante en mi decisión de ser docente o dedicarme al ámbito educativo; en particular, me agradaba la asignatura de Educación Artística, incluso cuando laboré como profesora de cuarto grado recuperé muchos de los trabajos que hice con ella para elaborarlos con mis estudiantes.

En la escuela secundaria me enfrenté a un contexto completamente diferente, un profesor por materia; sin embargo, el profesor Indalecio, con quien cursé la asignatura de Español en tercer grado, ha sido uno de mis mejores maestros, y ahora que miro a la distancia en el tiempo, lo recuerdo como un profesor al que le gustaba su trabajo, siempre bromeando con nosotros, era divertido pero de carácter fuerte, en sus sesiones descubrí el placer de la lectura. Aún tengo presente que nos decía: “Aprendemos las cosas y las repetimos, sin analizar lo que decimos, esto no debería ser así”. Creo que él fue otra de las personas que influyó para que yo, en ese momento, decidiera estudiar pedagogía.

En este recorrido por mi trayectoria escolar me resulta curioso darme cuenta de que no recuerdo el nombre de ninguno de los profesores que me dieron clase en el nivel medio superior. No obstante, viene a mi mente la imagen de mi profesora de Taller de Lectura y Redacción, una mujer bajita, delgada y de cabello oscuro, formada como pedagoga, quien al realizar las actividades siempre relacionaba los contenidos de la asignatura con los acontecimientos históricos o aspectos de la vida cotidiana, con la intención de ejemplificar los mismos. Fue justo en ese momento que reafirmé mi deseo de ser pedagoga de formación.

Al ingresar a la licenciatura, me encontré con profesores extraordinarios que me mostraron una parte de la pedagogía que yo desconocía, posturas filosóficas, los debates que en torno a ella existían y las posibles áreas de intervención de la misma. Uno de ellos la profesora Laura, quien me orientó durante mi quehacer pedagógico en la asignatura de Prácticas profesionales y fue mi asesora de tesis de titulación; de ella aprendí que la ética es un aspecto fundamental, que al realizar mi labor como pedagoga siempre debo hacerlo pensando en la población a la que me dirijo. Este ejercicio me ha permitido identificar muchos momentos importantes que han dejado huella en mi trayectoria educativa y que permearon mi proceso de construcción identitario como profesional de la pedagogía.

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¿Qué maestra me marcó?

Esta historia comienza cuando yo estaba en la primaria. Había una maestra de secundaria que era muy elegante y su personalidad me llamaba demasiado la atención.

El tiempo pasó, y llegó mi primer día en secundaria. Estaba aterrorizada, no sabía qué me esperaba, lo único que deseaba era tener clase con aquella maestra elegante a quien tanto admiraba. Ella tenía el pelo rojizo, la recuerdo especialmente porque me hizo sentir amor por las matemáticas y me ayudó a conquistar el nuevo mundo la secundaria y a quitarme el miedo.

El primer día de clases me senté temblando en mi escritorio, sonó el timbre y como por arte de magia o escena dramática, entró la maestra elegante… todos nos paramos y la saludamos como nos habían enseñado en la primaria “alabado sea el verbo encarnado”, contestando, “para siempre amen”. Se presentó y nos pidió que la llamáramos maestra o miss Carmen. Me acuerdo perfectamente que lo primero que nos pregunto fue: “¿A quién se le dificultan las matemáticas?”, yo levante la mano, lo recuerdo a la perfección. Todo pasó por mi mente en ese momento, pensaba: “No sé que tan difícil sean las matemáticas en secundaria mejor levanto la mano para que no esperen demasiado de mí”, después me arrepentí de haberlo dicho y deseaba que esas simples palabras jamás hubieran existido.

Al final todo resultó muy bien, la maestra tenía una forma magnífica de dar vida a las matemáticas, de un modo que nunca me hubiera imaginado, completamente diferente a lo que conocía, contaba historias con ellas y transmitía su emoción, no me cabía la idea en la cabeza de que alguien pudiera disfrutarlo tanto. Me di cuenta que las matemáticas son mucho más que sólo números.

Disfrutaba mucho las historias de miss Carmen, nunca en mi vida había tenido a una maestra que me hiciera amar las matemáticas como ella, quien se convirtió en mi ejemplo a seguir.

Esa historia no duró demasiado, pues a medio ciclo escolar me tuve que mudar de casa, por lo que tuve que cambiarme de escuela. Conocí muy buenos maestros, pero miss Carmen dejó una marca en mí, una que espero jamás sea borrada.

Fátima Izel Rodríguez

Estudiante del Instituto

Internacional de Chapala

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Julio Alberto Rodríguez Espino

Maestro de Ciencias

22 años de servicio

Zacatecas

Mi maestro de secundaria, mi gran maestro

Yo tuve un gran maestro que me inspiró, primeramente a ser un mejor ser humano y, en seguida, me motivó día a día a tratar de ser el mejor maestro tal cual se requiriera en el aula para con mis alumnos y alumnas.

Él, todo el tiempo nos trató de lo mejor, pues siempre tenía un momento para escuchar nuestros pesares y también porque no, nuestros pocos logros. Le gustaba que fuéramos todos muy presentables y aseaditos a la escuela, a los que llevábamos los zapatos empolvados o sucios, nos prestaba algún trapo para que les diéramos una mejor presentación, siempre nos decía que la presentación de toda persona se dejaba ver enseguida por cómo íbamos peinados y limpios de los zapatos.

También nos ayudó a fomentar el respeto mutuo entre compañeros y compañeras, pues nos motivaba a decirnos las cosas de frente para evitar que se ocasionaran los chismes o comentarios de segunda mano. En lo académico, siempre buscó que fuéramos el mejor grupo, pues nos motivaba a competir con los demás en el encuentro académico de cada bimestre; el grupo perdedor le pagaba el desayuno o lonche a cada uno de los estudiantes del grupo ganador, por lo menos yo no recuerdo haber perdido alguna vez o haber comprado el lonche a algún estudiante de otros grupos.

Por lo regular nos motivaba todo el año a ser el mejor grupo de la escuela. Seguido obteníamos los banderines en honores a la bandera y nuestros papás los reconocimientos en las reuniones de entrega de boletas en lo que respecta a aprovechamiento, aseo personal, buena conducta y algunos concursos internos en la escuela como el de interpretación músico vocal individual.

Pasado el tiempo, mi familia se mudó de casa y para mi sorpresa, mi maestro, era mi vecino y resultó ser también muy altruista, siempre buscando mejoras y otros beneficios en pro de la colonia y sus colonos. Él es el presidente de la comunidad, por petición de mi padre yo asistí a una reunión, “así aprenderás algunas cosas que te van a ayudar cuando ya estés más grande”, me dijo, y acudí. Se renovó la comisión, menos el puesto de presidente, unos jóvenes y su servidor quedamos como integrantes, bajo la conducción y consejo de mi ex maestro de secundaria.

Para no hacer larga está historia, hicimos un muy buen equipo de trabajo, se recuperaron algunos lotes que estaban sin dueño y se les dio un buen uso como: la construcción de una capilla, un salón de usos múltiples, un espacio para realizar deportes y todo gracias al apoyo de nuestro presidente de la colonia: ¡mi ex maestro de Secundaria!

Por todos esos aspectos y más, yo trato de ser cada día si no el mejor, sí igual que mi gran maestro a quien respeto y extraño, don Luis Raúl Ceballos Quintero, a quien hasta donde se encuentre le mando un gran reconocimiento por su loable labor para con cada uno de mis compañeros y compañeras de secundaria.

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Una maestra rural

La lluvia resbalaba por los cristales empañados, y a lo lejos un rayo de sol se escapaba de entre las nubes como niño travieso pintando un arcoíris y escondiendo un tesoro al final. En ese paisaje gris, entre gigantes verdes escurridos, un suspiro helado escapó como se escapa el pensamiento, un frío que calaba los huesos hizo que poco a poco cayera en un sueño profundo, arrullado por el vaivén de aquella camioneta vieja que se movía sin control por el camino lodoso.

En sueños pude verme en esa aula improvisada con láminas viejas y un pizarrón liso donde prácticamente era imposible escribir; mi voz se escapaba al campo por las rendijas que había a través de las tablas, mientras estaba ahí frente a ellos me era imposible olvidar por qué escogí ser maestra, no sólo para preparar la clase, o llegar temprano, era estar ahí para ellos.

Un golpe en la frente contra el cristal me despertó de inmediato, casi caemos al barranco pero seguimos en camino, todo parecía correr o brincar en estos caminos, recordé con tristeza lo que para muchos en mi país significa ser maestro; tienen la creencia de que el maestro es flojo, que aprovecha todo momento para huir de sus responsabilidades, que son los culpables de la ignorancia, fatalistas, revoltosos, la piedra en el zapato, ¡cuán equivocados están! Decidí ser maestra porque sabía que tener en mis manos el futuro de mi gente implicaba sacrificios, noches en vela, alejarse muchas veces de la familia o estar ausente aun teniéndola al lado, todo por ellos, esos ojos chispeantes y sonrisas eternas que se mueven como olas en el mar muchas veces en huaraches y uniformes roídos; acepté el reto no sólo por impulsar el conocimiento, sino con la intención de ayudar a formar buenos seres humanos conscientes de las problemáticas de nuestro país, amantes del entorno y agentes de cambio, todo por un mundo mejor. Todo por un mundo mejor que parece imposible entre el lodo y la miseria.

Apunto de llegar a mi destino, cada vez más lejos de la montaña, aún me parece escucharlos reír, sus mejillas y labios partidos… Un nudo en la garganta me ahoga, no pude dar más que consejos, una palmadita, unas palabras de aliento que no se comen, que no les cubre del frío, que no repara sus techos en tiempos de lluvia, que no les quitan los golpes o palabras furiosas de sus padres. Recordé los esfuerzos casi inútiles que teníamos que hacer mis compañeros y yo gestionando apoyos a las autoridades, recorriendo comunidades atascándonos, subiendo a duras penas esas montañas, resbalando, cayendo, tragando polvo…

Ahora puedo ver las luces de la ciudad, mañana estaré recibiendo mi nueva asignación, la lluvia ha cesado, el arcoíris desapareció, pero en algún lugar escondido… una sonrisa aguarda el momento de iniciar la clase.

Yesenia Salgado Ramírez

Maestra de Español

10 años de servicio

Alpoyeca, Guerrero

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David Téllez Ordula

Maestro de Matemáticas

5 años de servicio

Tehuacán, Puebla

Yo como maestro…

Recuerdo con memoria video-fotográfica lo grandioso de mis maestros, algunos con un excelente sentido del humor, otros poseedores de una gran sabiduría (pues dominaban no sólo los temas de la asignatura, sino tenían conocimiento sobre los secretos de la vida). Muchos otros eran entregados a su trabajo, lo hacían con gran pasión y paciencia que parecían sobrehumanos, siempre los admiré y respeté, hasta hoy siguen siendo personajes eternos por la trascendencia de sus enseñanzas de la vida y de la ciencia.

También hubo otro grupo, el de los pésimos mentores, su odio hacia la docencia se reflejaba en su forma de expresarse y de dirigirse, nunca se despegaban de la silla y de dictar lo que bien podíamos resumir de los libros, cargaban el mundo en sus hombros cada vez que ingresaban al salón y no transmitían absolutamente nada, aunque ellos no son el tema central en este momento.

Son aquellos docentes, del primer grupo al que hice referencia, quienes quizá me motivaron a ser maestro. Elegí ser docente de nivel secundaria porque sin duda fue la mejor etapa de mi vida y ahora quería presenciarlo estando del otro lado… No fue fácil estar por vez primera ante un grupo de miradas adolescentes, no fue sencillo dejar de temblar y tener las palabras correctas para dar una “buena impresión”, pero ya estaba ahí y el momento era mío y de mis estudiantes, no sé qué dije pero todo salió bien, por supuesto mejor de lo que esperaba y así empecé.

Con el paso de los días fui tomando un poco de todos mis buenos maestros e hice una mezcla para convertirme en la versión 2.0 de todos ellos (según yo). Me considero un docente poco ortodoxo, odio ser planificado y alineado con lo que “todo maestro debe hacer y ser”. Si bien hago lo que corresponde, nunca me conformo y voy más allá, disfruto brincarme las plataformas de lo pedagógico y la burocratización del sistema educativo, pues considero que en parte ahí radica su fracaso, me gusta ser un maestro libre en clase pues la pedagogía se inventa todos los días, sigo los temas y el ritmo de mis alumnos, y si es necesario dar el “extra” no dudo en hacerlo.

En el lado humano, soy presto para dar consejos y hablar de la vida, he compartido “la torta y el refresco” con mis alumnos (mis otros hijos), he llorado con padres de familia sobre situaciones en las que no tengo nada que decir, sólo escuchar. A veces me decepciono por los pobres resultados académicos, entonces me enojo, grito y regaño porque quiero lo mejor para mis estudiantes, sueño con grandes cosas para ellos, y peleo conmigo mismo para ser una mejor versión.

Pero el tiempo pasa clase a clase, año tras año, y tarde o temprano llega esa frase que me rompe el corazón: ¡Gracias profe, gracias a usted! Como no amar esta bendita profesión si te llena la vida de satisfacciones y de saber que se hace algo bueno, FORMAR PERSONAS y ellas me forman a mí.

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Yo como maestro de matemáticas

Sin lugar a dudas, lo que me motiva a ser maestro es la vocación que me lleva a la búsqueda de estrategias didácticas, orientadas a brindar todas las herramientas posibles a mis estudiantes para su formación personal. El hecho de ser una asignatura que para la gran mayoría de los alumnos se les dificulta, implica para mí, un reto desafiante en la práctica docente. Esto hace necesario vincular los contenidos temáticos de la asignatura con lo que se vive a diario, la relación que poseen las matemáticas con otros campos del conocimiento, desarrollándolo con entusiasmo, mismo que procuro trasmitírselos para involucrarlos en esta praxis educativa.

Un buen maestro debe analizar los factores socio-globales, políticos y económicos que inciden, a través del núcleo familiar, en sus educandos. Permitiéndole ser sensible y a la vez consciente de las manifestaciones culturales que se reflejan en un salón de clases. Ello lo llevará a formar ideas para generar andamiajes que le permitan construir, en el estudiante, procedimientos propios para resolver una situación problemática, lo que propicia que sus ideas se modifiquen y continúen aprendiendo.

Amo mi trabajo, porque consciente de los desafíos que implica tan loable labor, existe en mi la inquietud constante de aprender lo que uno no conoce, desarrollar aún más una habilidad que ya poseo, conocer de mis fortalezas y debilidades en la búsqueda insaciable de ser un profesional destacado de la docencia, que brinde lo mejor de mi persona al servicio de una educación integral de las y los adolescentes de mi país. Me satisface el hecho de ver reflejadas las emociones de mis educandos al aprender algo nuevo, lo cual es un logro sumamente compartido. Un maestro siempre será un alumno deseoso de adquirir más conocimientos para emplearlos con sabiduría.

Ser docente de educación secundaria y media superior no sólo implica presentarse ante el grupo y dar la clase, se requiere tener conocimiento de cómo se encuentra actualmente el sistema educativo. Debe saber planear, conocer sobre didáctica en la o las asignaturas que imparte, otorgar a sus pupilos elementos teórico-prácticos y participar activamente en la comunidad escolar. Debe elaborar y aplicar actividades secuenciadas de aprendizaje, así como diseñar instrumentos evaluativos que le permitan observar los alcances de su práctica con sus estudiantes. Sin olvidar la parte esencial de su labor, la cual es educar para la libertad de conciencias y la autonomía del “ser” en las personas, lo que implica un esfuerzo sumamente difícil, más no imposible.

Para finalizar, “Un buen maestro puede crear esperanza, encender la imaginación e inspirar amor por el aprendizaje”. Brad Henry

Erasmo Velázquez Cigarroa

Maestro de Matemáticas

6 años de servicio

Texcoco, Estado de México